La única cerveza que no te acerca alegría ni gusto este verano…

Un chiringuito de playa. Una ración de paella. Unos camarones. Unas aceitunas.

Un romance que comienza a la orilla del mar, con unas risas bañadas de la luz del sol que se pone.

Un chapuzón entre amigos. Salpicarse con el agua del mar. Jugar. Nadar. Surfear.

Una terraza de verano de noche. Las fiestas del pueblo. Una discoteca llena de colegas.

Todos estos escenarios serían perfectos para lo mismo: ¿para disfrutar del verano? Sí, también. Y ¡para beber una cerveza! Y así, por extensión, beber cerveza en verano se traduce en alegría veraniega, en relax, en amigos, en tapas y hasta en amores.

Por eso, no es casual, que durante años las empresas que comercializan cerveza se hayan valido de este tipo de recursos y escenarios para sus anuncios y promociones. No nos vendían cerveza: nos vendían felicidad en jarra fría y con espuma.

Y funcionaba. Y, por supuesto, funciona aún.

Pero entonces llega una marca de cerveza y rompe con toda esa alegría y ese placer: va y nos entristece la realidad, sencillamente, mostrándola.

Mediterraneamente“, – que ese es su eslogan – deciden enseñarnos ese Mediterráneo no como un lugar de festejos, risas, puestas de sol y pinchos de tortilla, que es el escenario idílico y alegre que todos presuponemos y que nadie espera vaya a cambiar, sino como un lugar frágil, en crisis y que podría dejar de ser el plató perfecto para la felicidad veraniega. Nos hace ver que hay algo más importante que un chiringuito de playa, una ración de camarones, un amor de verano, un baño de mar entre amigos o las fiestas del pueblo.

Nos quitan el sabor dulce de las publicidades anteriores, y nos acercan a un sabor amargo que nada tiene tampoco que ver con el de la cebada de su producto.

El resultado: un éxito.

O mejor dicho, dos: uno a nivel de marketing, otro a nivel de concienciación ambiental. El segundo, por supuesto, en pro del primero, pero no por eso menos válido.

Es un maravilloso ejemplo de videomarketing emocional; en ningún momento, en todo el anuncio, vemos la cerveza. Ni en un solo plano del vídeo se nos muestra el producto. Solo al final sale, a modo de créditos, el logo de la cerveza en cuestión. Rompiendo con lo tradicional, con lo convencional, con lo que ya funcionaba, y mucho. Tocándonos la fibra: esa, que es – y debe ser – más fuerte que el deseo de tomarse una cerveza. La realidad del plástico en los mares y océanos no es un asunto de actualidad menor y, por descontado, compromete la continuidad de las maravillosas escenas en playas de las que se valen muchas industrias, y no solo la cervecera, pero va mucho más allá; nos afecta a todos, bebamos o no cerveza.

Puede no gustarte el verano, el mar o la paella. Puedes huir de los chiringuitos de playa o de las terrazas de verano. Pero de la realidad ambiental, nadie se escapa. Y a todos nos toca – o debería tocarnos – el corazoncito.

Eso es, exactamente, el videomarketing emocional: en un tiempo y un mercado en la que la competencia es brutal en todos los sectores y para todos los productos, ya no nos vale el “mi cerveza es la que mejor sabe”. Existe el marketing responsable y la responsabilidad social corporativa porque los hábitos del consumidor han cambiado – y siguen haciéndolo -; porque ya no nos importa tanto qué cerveza sea la que nos pone felices en verano, pero cada vez nos importa más que el verano siga teniendo playas limpias. Por suerte, empezamos a comprar basándonos en el compromiso, en la sostenibilidad, en el comercio (más) justo y en valores que, hace unos años, no eran tan competitivos. Por suerte, para todos, hoy lo son y la tendencia es que, cada vez, lo sean más.

Son datos contrastables y visibles: estamos eliminando los plásticos de un solo uso, así se lo pedimos a las superficies comerciales, y así lo están haciendo. Existe una clientela que está dispuesta a pagar un poco más por la agricultura ecológica, por los huevos de gallinas camperas en lugar de las enjauladas de por vida, o por los productos de comercio justo. Pero el compromiso con el entorno no lo planteamos de forma aislada: lo hacemos nosotros y lo esperamos de los productos que compramos.

Sí: el fin último del marketing emocional sigue siendo vender un producto. Las empresas no se convierten en ONGs, está claro, pero tampoco debe ser esa la pretensión. Se trata de tocar la fibra de los consumidores mediante las emociones y, en muchos casos como el de esta campaña de cerveza, apostando por algún tipo de valor, ambiental o social. Y ya solo eso, o mejor dicho ¡TODO ESO!, es un avance.

Seguiremos siendo una sociedad de consumo, pero ahora tenemos la esperanza de conservar el único lugar en el que podemos consumir…

Aquí les dejamos el vídeo.

Y feliz verano a todos, con o sin cerveza… 😉